viernes, 14 de enero de 2011

Revisión técnica

Había en el asiento más alejado un hombre que lloraba, se había sentado solo y muy al fondo para que nadie lo observara. El cobrador, desde el retrovisor lo había notado, de vez en cuando lo miraba, acongojándose también, junto con él, de rato en rato.

Al iniciar la marcha nuevamente, luego de haber esperado el cambio de luces una pequeña marca roja inició un incesante parpadeo en los controles del conductor, era la señal de aceite que indicaba su pronta ausencia.

Unos metros más adelante una columna de humo inició su ascenso desde la caja del motor, el bus comenzó a chirriar como un animal herido, zigzagueó sobre el asfalto, se apagaron las luces de los controles, se oyó una fuerte detonación y finalmente encalló sobre la acera.

El cobrador, sin haberle quitado la mirada al misterioso personaje sentado en la última fila preguntó, ¿Qué habrá pasado?, el chofer con la cara empapada de sudor respondió, Cuando te llega la hora todos los males vienen juntos, se terminó el agua, se le acabó la energía, se extinguió el aire y se fundió el motor. El cobrador primero suspiró, después exclamó, Con razón está llorando.

jueves, 13 de enero de 2011

Manual para viajar en bus

Primero lo primero y primero hay que subir, aténgase a las consecuencias quien lo quiera hacer en plena marcha, es muy probable que para aquél tengamos que hacer un manual adicional donde se especifique el modo de viajar en ambulancia.

Se recomienda que una sonrisa acompañe el arribo, si no se puede sonreír es probable que sea porque no se quiere hacerlo, si no se quiere sonreír, el bus también deja subir las reflexiones, los problemas, las penas y aflicciones, felizmente para los demás viajeros, estos se bajan en cada paradero.

Hay que buscar una buena ubicación, pedir amablemente permiso si el lado del pasillo del asiento está ocupado y el lado de la ventana libre, pasar de costadito, evitando el roce, nunca sabemos con la clase de depravados con los que uno se pueda sentar.

Una vez instalado hay que ignorar por completo al acompañante. Elimínese esta premisa si a nuestro lado la belleza aflora, también si la fealdad lo hace. Elimínese la observación si se toma en cuenta que en un bus la exagerada belleza es sospechosa y la fealdad cotidiana.

No olvidar que si salió tarde no es culpa del conductor, a menos que el conductor también haya salido tarde.

Si en ese bus el chofer, la música y el cobrador son chéveres es simplemente porque el mensaje de la calcomanía pegada a su costado ha tenido el efecto esperado, subliminal le dicen, persuasivo también, nosotros lo llamaremos sticker nomás.

Estar atentos siempre una cuadra antes de bajar, saque su cuenta, aproximadamente 100 metros antes de su destino aliste sus cosas, estire los músculos, póngase de pie y espere, espere, espere, espere, espere y vuelva a esperar, en nuestra Lima ese trayecto se puede hacer en 1 minuto un día feliz o en veinte casi siempre, hay que recordar que los días felices son muy escasos en nuestro calendario.

Cuando haya llegado al punto donde tiene que bajarse nos debemos concentrar, afinar el pie derecho para cualquier emergencia, recordar todas las veces que hemos visto descender a un paracaidista, así mismo, a la carrera, si en el bus el chofer dejó claro que sabe lo que hace, entonces preocúpese más, sobre todo si el semáforo está en luz verde, es casi seguro que usted, de algún modo, bajará, pero el bus no se detendrá.

Remontemos: Ya subió, ya se instaló, ya bajó, no le podemos dar más. Para lo que pase en el trayecto no existe manual, recuerde, estamos enla12 y aquí cualquier cosa puede pasar.

Pd: Pague con sencillo.

miércoles, 12 de enero de 2011

Puzzle

Subió armado y se sentó en la última fila, sólo, con un terrible dolor en las articulaciones, desencajado, pensando en la pieza que faltaba.

Cuando el bus cruzó el puente, él miró el río y pensó en ser arrastrado por la corriente, no le quedaba mucho tiempo de vida, sería bello terminar en el mar, completo.

Lamentó profundamente no haberse armado de valor también, así no le importaría que las piezas estuvieran mal encajadas, pero no, él arribó temeroso, tratando de huir en un bus, vaya tonta idea, en un bus con rótulos de madera que graficaban un 12 mal pintado, escapar en un bus no fue su plan más brillante, decidió bajarse.

Se incorporó lentamente para no desperdigarse por el piso pero lo sorprendió una deformación en el pavimento y la carrocería dio un brinco, se le desprendieron los brazos, no sangró.

Él no volvió la mirada hacia donde estos habían rodado, sólo adivinó que se habían destrozado al caer por el sonido diseminado en varias direcciones detrás suyo.

No podía cogerse de ningún lado, trató de guardar la compostura, la calma, el equilibrio. Metros más adelante una curva lo haló a la derecha obligándolo a chocar contra los asientos, la pierna derecha se quebró y se le salió del pantalón, no lo hizo con los brazos pero la pérdida de la pierna le causó tan profundo pesar que en su mirada, clavada en el peroné, se podía distinguir claramente la sensación de nostalgia.

Tirado en el suelo y ante la mirada atónita de los expectantes pasajeros comenzó a arrastrarse hacia la puerta delantera. Mientras más se esforzaba por avanzar, más pedazos de su cuerpo iba perdiendo, dejando, de este modo, un reguero de piezas corporales a lo largo del bus.

Al llegar al borde de los escalones de la salida dio un grito pidiendo bajar, se dejó rodar, mientras caía cada golpe sobre el latón era una lamentación constante por haber escapado antes de ser terminado, al final, sólo bajó la cabeza.

martes, 11 de enero de 2011

Bus a la vista

Si cantásemos todos la melodía que suena en el bus, nos seguirían con peluches por toda la avenida, las chicas nos mandarían flores por la ventana, chocolates aguados por el apetecible calor que ellas generan en los bolsillos de sus pantalones, los alaridos se meterían por el tubo de escape, atorando así el conducto vital para que no nos ahoguemos, por lo que terminaríamos soñolientos y transfigurados. Para eso, felizmente uno que otro picón nos lanzaría una piedra acabando con la frágil existencia de las ventanas, eso, sería lo mejor.

Si a viva voz aullamos la letra de la canción que suena en el bus, sonaríamos a banda chichera sin nada que envidiar a las que ya existen, a no ser que envidiemos su marketing, sus bailarinas y su indumentaria sastre a prueba de sudor de sobaco, envidiaríamos también los titulares en los periódicos, ampayados con rubicundas mujeres de fácil andar por los caminos de toda clase de facilidad.

Dentro, nadie se escucharía el uno al otro, por lo que no nos podríamos quejar, la música viene en la misma banda sonora, no hay nada que tocar, a menos que se suba alguien al parachoques y nos comience a gorrear, ahí podríamos darle rienda suelta a las manos, mientras la extrapasajera nos muestra sus bubis para autografiar.

La belleza no sería motivo para envidiar, todos los que habitamos dentro de un bus cada vez que salimos, estamos impregnados choledad en los pómulos, en las manos, en la curvatura de nuestra columna, en las cortas dimensiones de nuestras piernas y, sobre todo, en el cemento de nuestros dientes, igualitos que cualquier cantante chichero, sólo que con menos laca, sin maquillaje, sin dinero y sonrisas poco ensayadas para la foto.

Y fotos habrán, mientras el chofer del bus grita el nombre del próximo paradero (el cobrador ya se fue, con él no es, no le entra a la cochinadita de la fama) todos se esmeran cuando se enteran que los semáforos les toman fotos a los autos que exceden la velocidad permitida. Y este bus ya se fue de largo con tres luces rojas, que también hay fotos para eso.

Al llegar al paradero, llegará la despedida, con la despedida se irá la fama, sin fama, no nos queda otra que ir a trabajar.

Feliz aquel que viaje en el bus de la felicidad, aunque sólo se suba por un momento, pues este año comienza con fuerza y todos van a ser protagonistas y un minuto cibernético, siquiera un minuto de fama tendrán. Bienvenidos.

viernes, 20 de marzo de 2009

Paradero desconocido

No estaba de humor para seguir cargando flores y globos condenados a nunca ser entregados, no estaba dispuesto a seguir maltratando las palmas con los espinosos amarres decorativos, tampoco quedaban muchas ganas de soportar los miramientos, los celos, los maltratos, las desesperanzas y la ilusión destruida en medio de continuos apagones terroristas.

Al bus se han subido ladrones de carreteras, monstruos de ultratumba, pasajeros indolentes que te ilusionan con su compañía y luego te abandonan cerca a la casa de Dios, sufridas mujeres que prefirieren matar su vientre en vez de dejarte enseñar a caminar, esposas con crédito madrugador que atestiguan ataques de demonios y duendes, amigas por montones que sólo quieren estar a tu lado a cambio de silencio, paciencia y resignación.

Las prohibiciones no sólo figuran en la señalización, no pases, no cruces, no des vuelta en U, no te detengas en paraderos informales, cuidado zona escolar, no adelantar, no ir a más de 60 kilómetros por hora, no lo hagas, no dejes de hacerlo. También están dentro de la 12, no me mires, no me llames, no vengas, no llegues tarde, no te quedes dentro, no te sientes, no te pares, no lo hagas, no dejes de hacerlo.

También desde fuera y en carteles publicitarios gigantes, una mirada de ojos pequeños te desnuda y regresa a la realidad cuando te lanza la mano, te aprieta el corazón y de modo imperativo te exige no tener esperanzas, detenerte a media cuadra, bajarte e irte a rebuscar en lo que te quede de pasado, aquella sobra de amistad.

“El mejor recuerdo que tengo de ti es tu ausencia y quiero que siga siendo así”. Brutal sentencia que debió dejar la huella apretada sobre el asfalto, una muestra fósil y prematura del undécimo mandamiento.

El bus se ha detenido, el paradero es desconocido, no hay chofer, no hay pasajeros, no hay esperanzas, las sentencias se leen por doquier en las calcomanías rutilantes pegadas sobre el óxido del metal y recuerdan hasta a la letra de una canción “amigos para que maldita sea, a un amigo lo perdono pero a ti te amo”. La ventanilla se opaca impotente frente al sudor de la frente y la cadencia de gemidos lacrimógenos, ahora peor, es más difícil reconocer si el fulgor amarillo fuera del bus es el derrotero hacia el mago de Oz o se trata de la luz del semáforo que señala, una vez más, no tener la seguridad de continuar o detenerse.

jueves, 5 de marzo de 2009

El extraño caso del bus oscurecido

Las sombras de los gallinazos que sobrevolaban el cielo limeño se confundían con el asfalto de la Avenida Abancay, espesas manchas aladas se iban fundiendo sólo para incrementar su tamaño a escala descomunal y cubrirlo todo; de a poco el ya enrarecido firmamento capitalino se enlutó hasta el negro más intenso, la oscuridad llegó como si aquellas aves carroñeras avanzaran galopando sobre azabaches corceles mientras picoteaban sus crines putrefactas.
El sistema fotosensible de las luces de la ciudad se activó y los inmensos reflectores colocados en lo alto de los postes se encendieron. El esfuerzo tecnológico en pos de una buena iluminación estaba muy por debajo del esfuerzo mecánico de los ojos para ver con claridad lo que les circundaba, la media luz permanecía aunque ahora con una casi nula intensidad.
Abelardo y sus ocasionales acompañantes veían poco o nada más allá de sus miradas, sólo eran tangibles al sentido ocular otras oscuridades más intensas que la de la avenida, sombras sigilosas se adivinaban por las ventanas; el bus avanzaba lentamente, tanto como le permitían sus faros sin revisión técnica.
El silencio también era crepuscular, se había acoplado perfectamente a la negrura que cubría la ciudad y no dejaba adivinar las formas de quienes producían atisbos de sonido allá afuera ni siquiera dentro, todo parecía gutural y onomatopéyico, roñoso y primitivo. Alguien, de pronto, lanzó un alarido en si la fa sol sostenido.
Mientras duraba el grito con desgarro muscular, acuchilló tímpanos cerosos, espantó corazones nerviosos, apuntaló fantasmagorías en los sesos sensibles y fragmentó la hipotética calma hasta el momento mantenida. Nadie pudo adivinar el lugar exacto del epicentro, si dentro o fuera del autobús, ahora todos temblaban.
Mientras la cordura imploraba calma, un sonido seco abolló el techo del bus, Abelardo cogió por el brazo al vecino de al lado, el vecino de al lado apretó los dientes, Abelardo se pegó al vecino de al lado, el vecino de al lado se esfumó por la ventana. Algo, una sombra, un enigma, un ser de fuertes extremidades lo había halado fuera del bus dejando la sensación de soledad suprema en Abelardo Sánchez Natividad.
Los siguientes acontecimientos se atropellaron entre si, una sucesión de eventos comenzaron a ocurrir al unísono, varios gritos fueron apagados espontáneamente tan pronto como comenzaron, todo ello seguido por el trastabillar de cuerpos pesados sobre la carrocería del bus, el chofer presionó el acelerador tanto como le dieron las fuerzas, varios cuerpos sucumbieron a la inercia y se derrumbaron en el pasillo, de bruces, de espalda, de cabeza, unos contra otros, apretándose, abollándose, crepitándose los huesos, vulcanizando sangre.
El bus comenzó a bambolearse de izquierda a derecha y de derecha a izquierda repentinamente golpeado por los costados, cuerpos voluminosos se apeaban al metal y por las ventanillas introducían sus manos, sus garras, tratando de coger a alguien; los que aún quedaban en pie o sobre sus asientos apartaban los tentáculos cerdosos del modo como podían, mordían, empujaban, arañaban, se les desgarraban trozos de carne y algunos bultos abominables caían a la acera con pedazos de sus víctimas entre los dedos. Abelardo sólo había sufrido la pérdida de algunos vellos del brazo y un botón de la camisa, trataba de mantenerse en el medio, trataba de no ser alcanzado.
No pasado mucho tiempo, las escasas luces sobrevivientes dentro de la 12 tintinearon y terminaron de apagarse, lo mismo sucedió con los faros y los postes, parecía que la tiznada oscuridad había copulado con la vespertina penumbra, todo se tornó de color negro absoluto. Con el apagón final devino la parada del bus y todos los gritos del mundo se concentraron en las gargantas de los tripulantes.
Abelardo quedó tendido en el suelo, sudando mares de lágrimas por todo el cuerpo salado, puso debajo de él el globo metálico y las flores tratando de darles la última protección ante la incertidumbre. El silencio nuevamente sucumbió dentro del bus, las sombras extrañas comenzaron a extinguirse y con ello la claridad fue llegando, lentamente, a cuentagotas, cada una de las tinieblas se diluían en la densidad de la luz. La visualización del ambiente pronto fue posible y el panorama que se descubrió tras la llegada de la luminiscencia era tanto o más aterrador que la experiencia antes vivida; cuerpos regados, personas desaparecidas, sangre a borbotones, rostros desfigurados, organismos cercenados, pedazos de piel acoplados a las ventanas. Abelardo, antes mustio frente al espectáculo sintió curiosidad al tratar de adivinar el modo cómo alguien asiendo el brazo derecho al pasamanos del techo había logrado agarrarse de tal modo que se mantenía aun aprisionando el tubo metálico aunque había pedido el resto del cuerpo.
Sánchez Natividad volvió a su asiento, limpió la sangre sobre él y se afirmó apacible ante la noticia de que ya todo había pasado; miró al chofer encorvado frente al volante, se acercó a él, le tocó la espalda y el conductor dando un lento giro de cabeza lo observó con enormes ojos enrojecidos y abriendo la boca le mostró sus largos colmillos sangrantes.
La luz nuevamente se apagó.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Dulces sueños

Desde la montaña de chocolate, desciendes esparciendo almendras, llegas a un descanso de almíbar y te subes a la balsa de galleta, chapoteas luego dentro de él mientras te rodean peces de durazno partidos en dos.

Te secas al sol de la mañana y juegas revoloteándote sobre caramelos. Desayunas empalagosos trozos de esperanza pasando sin tragar sus incrustaciones de tiempo, saboreas un endulzado corazón trozando sus partes para guardarlos por si hace falta.

Más tarde trepas a un árbol de leche condensada para coger los frutos del mañana, te sientas en la copa para observar las nubes de algodón. Bajas de un brinco y caes sobre jugosas almohadas.

Se hace tarde y regresas a la cima chocolatada, llevas contigo frutas confitadas, miras el horizonte pensando en mañana y te duermes nuevamente para soñar con tus tardes saldas.

viernes, 6 de febrero de 2009

Corriente alterna

El de bata blanca se le quedó mirando, con sus ojos chiquitos lo recorrió todo, comenzó por el iris y terminó en sus pupilas, lo examinó, dio dos pasos al frente y le mostró la credencial que pendía de su pecho: Dr. Gregorio Shneiddeberg Castro, Psicoanalista. No lo conocía, no tenía cita ni mucho menos para pagarle la consulta pero Abelardo dejó que se sentara a su lado.

El Phd sacó un papel membretado y sobre él hizo un garabato ininteligible, se lo pasó al ocasional paciente. Abelardo lo cogió y comenzó a llorar.

Pasó su mano sobre su cabeza, lo arrastró a su pecho y lo dejó llorar.

Con una mano le acarició la mejilla y con la otra le metió un cocacho.

Ambos se colocaron sus lentes y comenzó la retórica: 

- Demencia crónica por depresión o tal vez sea depresión crónica por demencia… interesante.

- Doctor, a mi burro, a mi burro le duele la cabeza y el médico le ha dado un vaso de cerveza.

- Interesante. Veo en tu alma que la cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar. 

Pasó frente a ellos el cobrador. Abelardo y el Doctor dijeron al unísono: 

- Buenos días su señoría mata tiru tiru la.

- ¿Arroz con leche?

- No. 

Se fue. 

- Doctor, me quiero casar con una señorita de Portugal.

- ¿Seguro?

- No, de Canto Grande

- ¿Ya jugaste en el bosque mientras el lobo está, el lobo está…? 

El cobrador regresó e interrumpió al médico: 

- ¿Lobo qué estás haciendo?

- ¡Estoy preparando mi tesis! Es sobre demencia crónica por depresión o tal vez sea depresión crónica por demencia… interesante. 

Se fue. 

- Si doctor, ya jugué en el bosque con el conejo de Alicia.

- ¿Y ya dejó que salga el sol, que salga la luna?

- Será el sereno.

- S-e-r-e-n-o – apuntó. 

Alguien cerca abrió un taper. Abelardo y el Doctor miraron. 

- Doctor, quiero ser como ese tallarín que se mueve por aquí, que se mueve por allá.

- Te lo dije, demencia crónica por depresión o tal vez sea depresión crónica por demencia… interesante.

- Es que se ha muerto mi burro y con la cola dice adiós adiós perico.

- Recuerde entonces criar muñecos.

- Pero es que Pin Pon es un muñeco travieso y juguetón.

- Pero se lava la carita con agua y con jabón.

- Chanfle.

- Recontrachanfle. No, Shrek, si, si, si, Shrek y la galleta de jengibre. 

El Doctor Shneiddeberg apuntó algo en una hoja y se lo deslizó a Abelardo, decía: LLÁMALA. 

- No tengo su número.

- Caramba muchacho pero el telefonito es una necesidad.

- Palabras, palabras y más palabras.

- Yo he estudiado joven, no soy bla, bla, bla. Pues llame a algún amigo.

- No se puede, a Pulgarcito lo invitaron a dar un vue vue vuelo en un avión.

- La misma historia de siempre, supongo que la gaso li li lina se acabó.

- Olé olé.

- Bueno, hábleme de la muchachita de la mochila azul.

- Vive en Canto Grande y el patio de su casa es particular.

- Confirmado, demencia crónica por depresión o tal vez sea depresión crónica por demencia… interesante. 

Pasó el cobrador por última vez, miró a Abelardo, se mofó y le dio un palmetazo: 

- ¡Encantado! – Abelardo se quedó estático. 

Se fue por última vez. 

- ¡Lo tengo! ya se como curar la demencia crónica por depresión o tal vez sea depresión crónica por demencia… interesante. 

Se puso de pie, Se acercó a Abelardo, esperó que el bus se detenga. 

- ¡Desencantado! - Comenzó a correr y se bajó del bus dando trancazos. 

Abelardo se curó de la demencia crónica por depresión o tal vez de la depresión crónica por demencia. Será el sereno.

jueves, 5 de febrero de 2009

Torrencial

Abelardo tenía los pies mojados, no lo hubiera notado si esa bocanada de aire frío no ingresaba por la ventanilla del bus, sintió congelarse de pronto, miró al suelo y estaba hundido hasta los tobillos, se volteó para ver a los demás pasajeros y todos estaban montados sobre sus asientos sin chistar.

Cada vez que alguna de las puertas del bus se abría disminuía el caudal, se escapaban chorros líquidos y se desparramaban sobre la pista, sobre la vereda, sobre las extremidades de los que subían, nadie parecía notarlo, entraban salpicándolo todo y ocupaban algún lugar vacío, abrían el periódico o cerraban los ojos tratando de echarse una siesta hasta su paradero final.

Hubo un largo trecho sin abrir las puertas, un embotellamiento impedía que la 12 pueda avanzar, el bus se quedó impávido sin poder moverse, ni un centímetro. Por esos varios minutos las aguas comenzaron a trepar, no tenían por dónde salir; Abelardo, aterrado, se subió sobre su butaca y desde ahí veía como el nivel del líquido comenzaba a ascender,  veía también como nadie se incomodaba por lo sucedido, todos estaban mojados más allá de las pantorrillas, casi hasta el vértice que se frunce detrás de las rodillas.

Pronto el bus logró avanzar y a unas pocas cuadras descendieron dos pasajeros, las portezuelas metálicas se separaron haciendo un feo ruido por la fuerza que les impedía abrirse, todos al unísono voltearon la mirada pensando que había sucedido algún accidente, luego, al ver que nada estaba roto continuaron con sus rutinas. El elemento acuoso resbaló estrepitoso hasta casi descargarse por completo, cuando las puertas volvieron a cerrarse el bus se volvió a llenar.

Nadie a bordo parecía darse cuenta de lo que sucedía, Abelardo miró hacia la avenida y todo estaba seco, levantó la cabeza y no vio goteros, todo ocurría dentro y no habían visos aparentes del motivo del aguacero. Aquel incidente le causaba turbación, se bajó de su asiento y se sumergió otra vez hasta el tobillo; dentro de ese pantano cristalino, helado, caminó hacia el chofer intentando preguntarle algo. Antes de llegar hacia el conductor una imagen sobre el retrovisor llamó su atención, fijó la mirada y descubrió su rostro sobre el espejo, además de que todo era por culpa de él mismo.

De sus ojos manaban cantidades descomunales de lágrimas, sus dos nichos visuales parecían cuencas de las que brotaban cataratas, galones de lágrimas salían expulsados a borbotones regándolo todo; con ambas manos se cubrió el rostro tratando de contener aquel torrente lacrimógeno pero con la vista obstruida no podía darse cuenta si se había detenido la precipitación. Observó nuevamente su reflejo en el espejo y todo seguía igual, chisgueteaba aún una abrumadora cuantía de humores acuosos y salados. Abelardo probó su llanto y era real, caminó de espaldas hasta su asiento y se dejó caer sobre él, descubrió que estaba llorando y nadie lo había notado, había pasado desapercibido por toda la humanidad contenida en la 12 del mismo modo como no podían advertir las estrellas a la luz del día, se resignó, recogió ambos pies sobre su asiento, escondió la cabeza entre las rodillas, dio un suspiro y comenzó a gemir largamente, ininterrumpidamente, estaba triste porque él tampoco se había dado cuenta de aquel llanto que comenzaba a amenazar con ahogarlo dentro del bus.